jueves, 11 de agosto de 2016

Sonríe al pensar que ha vivido miles de vidas.



El historiador forja su tiempo.
Se confunde entre viejos idiomas
y escrituras confusas en piedras viejas.
Revive ideas que fueron defendidas
y lamenta las muertes que provocaron.

Anda por los pasillos de la biblioteca
Con los brazos extendidos,
y rosa las yemas de sus dedos
en los viejos tomos uno tras otro.

Y siente las historias,
Y sonríe al pensar
que ha vivido mil vidas.

La pared multicolor
Presenta serpientes
y rostros de conquistadores
Y lo miran pensar
Y ya las horas vuelan.

Pasa las hojas del diario
y lo hace con tal cuidado,
que logra preservar el pasado.

Sale de allí y huele el concreto mojado
Parte y descompone las calles en fragmentos
y mira carretas, caballos y viejos autos,
observa bebederos, garitas y fuentes
grandes torres y árboles por doquier
y se topa con hombres con grandes sombreros
y mujeres con largos vestidos y pequeñas sombrillas
que lo atraviesan como fantasmas.

Escucha gemidos de dolor,
ve charcos de sangre
y soldados hablando otros idiomas.

Mira el bar de la esquina
cerca de donde vivió el libertador americano,
Toma un trago lentamente,
Piensa en viejas discusiones,
en viejas ciudades medievales
repasa órdenes de batalla,
dinastías imperiales
y recuerda religiones extintas.

Y se detiene al pensar
en cómo debe ingeniárselas
para no olvidar jamás nada.

Se mira en el reflejo de la barra
Y no puede dejar de sentir melancolía
Porque todo se va y nadie lo nota.
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