domingo, 24 de mayo de 2015

Del cómo reescribir mejor viejas utopías pasadas



Abigail, la de las mejillas cósmicas, me tomó esta foto en San Luis Potosí en los primeros días de este año. Si te fijas bien, podrás ver su silueta oscura en mi hombro izquierdo justo donde se unen los dos primeros cristales inferiores de la ventana. Le pedí que me dejara poner el cigarrillo a un lado mientras ella alistaba la cámara. Se negó y como puedes ver, el susodicho posa impune en mi mano derecha.



A diferencia la mayoría de las mujeres que conozco, a Abigail, la de los pies transparentes, no le gusta salir en fotografías. Sólo muy de vez en cuando, o sea en ocasiones especiales, se deja estampar pero siempre se niega rotundamente a ver el resultado.



Pues bien, estábamos en un enorme hotel rústico de largas escaleras de madera crujiente y tremendos muros gruesos muy al estilo románico. Este lugar estaba vacío y pudo haber estado muerto del todo si no hubiera sido porque ella reía y sus ecos sonaban por todas las esquinas. El lugar tenía una alberca seca ennegrecida en su fondo y una palmera tan alta que su sombra se proyectaba más allá de los muros del lugar.



En ese viaje vimos soles partiendo atardeceres amarillos por las tardes, plantas creciendo en concreto gris, luces en el cielo que los de por allá llaman estrellas, neblinas desde las cuatro de la tarde y calores a medianoche.



Es raro, porque tú me ves en esta foto y yo sólo la veo a ella sobre mi hombro susurrándome la manera en cómo reescribir mejor viejas utopías pasadas.       
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