lunes, 18 de mayo de 2009

Me deshago en el camino

11 de Mayo del 2008.




Una vez sucedió por la noche que, estando despierto en la cama, empecé de pronto a recitar versos, versos dema­siado bellos, demasiado singulares para que yo hubiera podido pensar en escribirlos, versos que a la mañana siguiente ya no recordaba y que, sin embargo, estaban guardados en mí como la nuez sana y hermosa dentro de una cáscara rugosa y vieja.
¿Cómo no había yo de ser un lobo estepario y un pobre anacoreta en medio de un mundo, ninguno de cuyos fines comparto, ninguno de cuyos placeres me lla­ma la atención?


El Lobo Estepario.
Hermann Hesse.




Mis palabras escritas son un dolor a flor de piel.
Son escritas con sangre escurrida de mi nariz.
En ella van cientos y cientos de historias
y hechos que Jamás podré borrar.
Penas, alegrías y escenarios que bombardean
mi pensamiento simple y ligero,
son dolores que oprimen mi frágil pecho y me hacen llorar.

Yo lloro todo el tiempo, por ejemplo,
al ver el amanecer, al ver el anochecer,
al sentirme bobo e ignorante.
Dejo la sonrisa que tengo como careta cotidiana
para salir de mi vida normal para llorar
por alguien que no conozco,
quien no debería importarme
pero que es por él que más lloro.

Me deshago en el camino,
me destrozo en fragmentos
mil partes vuelan por los cielos
y terminan en banquetas
y árboles para llorar por siempre.

Busco la soledad,
ella no me cuestiona, solo me habla,
y me habla de lo que debí ser,
y por lo que renuncie
por una palabra del alfabeto.

-Debes dejar el pasado-
Me dice el susurro ligero
del viento que roza mi pelo,
y estremece mi ser.

-Debes iniciar de nuevo-
Me dice mientras veo a la
gente subir y bajar el puente
presurosos por la lluvia.

Y, rauda regresa esa frase
que cambió mi vida de la noche a la mañana:
“Caminar sobre sus pisadas y hacer las mías más grandes,
más profundas y más humanas.”

Todo tiene un fin, pero porque tuvo un origen
que debemos encontrar o morir en el intento...
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